El hombre que aprendió a escribir lo que quería

Camilo José Cela

Es él. El maestro. El genio de las palabras. Un segundo padre para muchos. Pero dejemos de hacerle la pelota como hacen muchos que no leen sus obras. Cela no sólo era un genio por cómo escribía (es más, a muchos podría no gustarle su literatura y no pasaría nada), sino que, al lograr hacerse un hueco en la literatura universal, logró una de las pocas inmunidades que defiendo en nuestra cultura. Es decir, el Nobel fue su escudo.

Copiando la idea de divinas palabras de Valle-Inclán, cada vez que alguien critica el tipo de escritura de Cela, puedes esgrimir delante de ellos el argumento “es un premio nobel de literatura” y deben callar, los malditos.

En “El asesinato del perdedor”, Camilo José Cela hace una novela de la nada, es más, a todo el mundo, por rápido que se lo lea, le tranquiliza leer el comienzo de la novela, que no es sino su epílogo en forma de carta, que explica un hecho sencillo que se convierte en un detonante de una serie de acontecimientos que llevan al desdichado, al perdedor (que no hacía sino meter mano a su novia) a la muerte.

Creo que es la primera vez que leo una novela sin capítulos, un plano secuencia con pocas cosas que le den coherencia. Unos personajes a cada cual más extraño, una constante referencia a la sexualidad y a la sociedad extraña en la que los españoles flotamos (y, a veces, nos jactamos de ello) y los diferentes y disparatados títulos que Cela improvisa en un “soy un premio nobel y me vas a publicar lo que me salga de los h…”.

Podrá no ser para todos los públicos (si lo leyesen mis alumnos posiblemente algún padre me denunciaría), podrá no ser para todos los gustos. Pero es Literatura, en mayúsculas, y tan actual (hay frases sobre los políticos que siguen siendo tan ciertas ahora como en los años 90) que nos permite a nosotros, los que escribimos (o intentamos escribir) en castellano, usar nuestro “petróleo cultural”, nuestra lengua, tan difícil y tan rica que da miedo, y con tantos registros y tanta belleza que, homenajeando a Cela, nos permite tener el coño en la boca todo el día.

 

 

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